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Internacional

Abajo la dictadura de Assad. Fuera Israel y el imperialismo de Siria

11/05/2013

En menos de 48 horas, el estado de Israel lanzó dos rondas de bombardeos aéreos contra blancos militares en las cercanías de Damasco, supuestamente para evitar que una dotación de misiles más sofisticados de fabricación iraní, llegara a manos de Hezbollah, la milicia shiita libanesa que derrotó a Israel en la última guerra del Líbano en 2006. Si bien Israel ya había bombardeado territorio sirio en enero de este año, el alcance de estos bombardeos fue mucho mayor al igual que sus repercusiones.

Aunque el gobierno de Netanyahu no admitió de manera abierta la autoría de este verdadero acto de guerra, rápidamente el presidente norteamericano Barack Obama reivindicó el derecho del Estado de Israel a defenderse, dada su proximidad con Siria y el Líbano, y dio a entender que Estados Unidos aprobaba este “ataque preventivo” contra Siria.

La oposición al régimen de Assad se dividió ante los ataques. Mientras que el Consejo Militar de Damasco llamó a aprovechar el golpe israelí otros los usaron para denunciar que el régimen de Assad era fuerte para la represión interna pero impotente frente al ataque sionista. La respuesta de la oposición proimperialista, que viene pidiendo la intervención militar norteamericana, fue utilizada por Assad para tratar de justificar su política represiva, agitando la teoría de que no se trata de un legítimo levantamiento popular democrático sino de una conspiración de occidente para derrocarlo y debilitar la resistencia contra el estado sionista.
Dada la importancia histórica que ha tenido el régimen del partido Baath para mantener la estabilidad y la seguridad del estado de Israel, a pesar de estar técnicamente en guerra con el estado sionista que mantiene ocupados los altos del Golan, la extensión regional de la guerra civil siria a países vecinos como el Líbano amenaza con crear un conflicto regional de máxima importancia, en el marco de que producto del fracaso de Estados Unidos en las guerras de Irak y Afganistán y de los cambios ocurridos con la primavera árabe, está en cuestión el orden regional al servicio de los intereses del imperialismo.

Las contradicciones de la política imperialista

A la luz de los resultados de la intervención de la OTAN en Libia, que llevó al derrocamiento de Kadafi pero no al surgimiento de un régimen estable afín a los intereses norteamericanos, Obama se viene negando rotundamente a intervenir en Siria. A esto se suma que después de las guerras desastrosas de Irak y Afganistán, y en el medio de la crisis económica, un 62% de la población norteamericana se opone a la intervención en Siria, que además no contaría siquiera con la cobertura de las Naciones Unidas por el veto permanente de China y Rusia, aliados de Assad.

Hasta el momento, Estados Unidos viene tratando de darle una solución fundamentalmente política y diplomática, que combina la imposición de sanciones económicas a Siria con el apuntalamiento de sectores moderados de la oposición, evitando la hegemonía absoluta de la Hermandad Musulmana, que eventualmente puedan negociar una transición con el partido Baath. En el plano militar se ha limitado a la asistencia y entrenamiento por parte de agentes de la CIA de milicias afines, sobre todo del Ejército Libre Sirio patrocinado directamente por Turquía. El mayor temor de Obama es que una política ya sea de intervención directa o de armar de manera generalizada a los “rebeldes” termine fortaleciendo a variantes islamistas extremas hostiles a Estados Unidos y a Israel, teniendo en cuenta el peso que viene adquiriendo el Frente al Nusra, una organización islamista al que varios analistas relacionan con al Qaeda.

El establishment político norteamericano está dividido en torno a qué política tener. Sectores republicanos y demócratas vienen presionando a Obama para que intervenga militarmente en Siria, alegando que la falta de respuesta ante una crisis que ya lleva más de dos años, es leída por los enemigos de Estados Unidos, en particular Irán, como un signo de debilidad. Los partidarios de la intervención, que van desde John MacCain hasta la “progresista” Nancy Pelosi, volvieron a la carga exigiendo, al menos, una operación limitada, como el establecimiento de una zona de exclusión aérea, partiendo de que la impunidad con que atacó Israel mostraría la debilidad de las defensas antiaéreas de Assad, por lo que la intervención prácticamente no tendría costos para Estados Unidos. El último pretexto que esgrimieron los halcones norteamericanos es el supuesto uso de armas químicas por parte del régimen de Assad, que Obama había puesto como “línea roja” para intervenir en Siria, lo que recuerda la mentira de las armas de destrucción masiva en poder de Saddam Hussein con que Estados Unidos justificó la guerra en Irak de 2003.

La gravedad de la situación aceleró la decisión del gobierno de Obama de pactar directamente con Rusia, el principal sostén internacional de Assad, una salida negociada entre el régimen sirio y la oposición reconocida por el imperialismo, y superar el impasse creado por el veto permanente de Rusia y China en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
Como parte de esta política, el secretario de Estado norteamericano, John Kerry, se reunió con Putin y en principio, acordaron convocar a una conferencia internacional a realizarse supuestamente a fines de mayo, de la que participarían la oposición y representantes del régimen de Assad, sobre la base de lo resuelto en la conferencia de Ginebra de junio del año pasado. Esto implicaría la formación de un “gobierno de transición” sin Assad pero manteniendo intacta la estructura del ejército y otras fuerzas represivas de modo de garantizar la continuidad estatal y la estabilidad y derrotar cualquier intento de levantamiento popular. Sin embargo, dada la dimensión del conflicto y los actores implicados, difícilmente pueda resolverse por la vía de la negociación.

Riesgo de crisis regional

Las alianzas del régimen de Assad con Irán, Hezbollah y con el gobierno de Irak se basan en la solidaridad de la rama shiita del islamismo que es minoritaria en el mundo musulmán, pero mayoritaria en Irán e Irak, frente a sus rivales sunitas, y en la comunidad de intereses geopolíticos (el enfrentamiento con Estados Unidos y el estado de Israel en el caso de Irán y Hezbollah). Aunque aun no ha adquirido el carácter de una guerra civil interreligiosa, la crisis siria podría tomar esta dinámica y llevar al enfrentamiento no solo entre sunitas y alawitas sino también a la persecución de kurdos, cristianos y drusos. Tanto el régimen iraní como el primer ministro de Irak temen que si la oposición sunita mayoritaria se hace del poder en Siria con el apoyo de Turquía, Arabia Saudita y Qatar, eso pudiera llevar a un intento de restaurar el dominio sunita en Irak.

La defensa de la minoría alawita en Siria, a la que pertenece la familia Assad y su círculo íntimo en el poder desde fines de la década de 1960, podría hacer resurgir el conflicto interreligioso en el Líbano (que vivió una guerra civil de 15 años en la que Siria jugó un rol central). Esto en el marco de que después de que Estados Unidos se retirara de Irak estalló nuevamente una guerra civil entre shiitas y sunitas (a la que se sumaron los kurdos que se han quedado con el norte de Irak donde hay importantes pozos petroleros) que cada vez se hace más intensa. Según organismos humanitarios, en el último mes la cantidad de muertos en estos enfrentamientos es similar a la registrada durante el pico de la guerra civil en 2006.
El levantamiento en Siria alentó la oleada de protestas de los sunitas en Irak contra la persecución a uno de sus líderes (acusado de terrorista por el gobierno de Maliki y condenado a la pena de muerte). Incluso al Qaeda anunció la fundación de la rama iraquí del Frente al Nusra.

Esta perspectiva es una pesadilla para los intereses de Estados Unidos en la región, en el marco de que aun no encuentra una salida viable a la ocupación de Afganistán y de que busca reorientar su política exterior hacia la región del Asia Pacífico, con el objetivo estratégico de contener el avance de China. De ahí la necesidad de poner fin a la crisis en Siria sin embarcar a Estados Unidos en otra aventura militar.

Siria y la “primavera árabe”

Contra quienes pretenden al régimen de Assad como progresivo y antiimperialista y afirman que no está aplastando una lucha popular sino defendiéndose del intento de Estados Unidos e Israel de derrocarlo, sostenemos que en Siria hay en curso una lucha legítima contra un régimen dictatorial que estalló en marzo de 2011 como parte del proceso más general de la “primavera árabe”. Este levantamiento popular tiene profundos motores democráticos y sociales. Decenas de miles de sirios se movilizaron en las calles contra este régimen dictatorial, que se sirve del control del estado para garantizar el enriquecimiento de una minoría, a la que pertenece la familia Assad, mientras que la gran mayoría de la población trabajadora y campesina ve cómo se deterioran sus condiciones de vida. Ante la represión brutal de Assad, este levantamiento popular se militarizó, y si bien persisten elementos de la rebelión que sacudió al régimen, sobre todo en los consejos locales que organizan la vida cotidiana en ciudades bajo control de la oposición o la Coordinación de Comités Locales, surgida en los inicios del levantamiento, quienes están ocupando el centro de la escena en el plano militar son organizaciones como el Ejército Libre Sirio, que actúa patrocinado por Turquía, y en última instancia cuenta con el apoyo del imperialismo norteamericano. Mientras que en el plano político se disputan la dirección la oposición proimperialista de la Coalición Nacional para las Fuerzas de la Oposición y la Revolución en Siria (fundada en noviembre de 2012 como sucesora del Consejo Nacional Sirio, y apoyada por todo el imperialismo y el Consejo de Cooperación del Golfo, y variantes islamistas radicales como el Frente al Nusra y otras organizaciones religiosas armadas por Qatar y Arabia Saudita.

En el campo de batalla sirio confluyen diversos conflictos que amenazan con incendiar el conjunto de la región, exacerbados por la intervención del imperialismo y diversas potencias y actores regionales que buscan instrumentar algunas de las fracciones en pugna para perseguir sus propios intereses reaccionarios, incluso a riesgo de desatar una guerra civil interreligiosa.

Mientras que un sector minoritario de la izquierda se alinea con Assad, justificando el apoyo a esta dictadura brutal por sus contradicciones con Estados Unidos y ahora con el Estado de Israel, corrientes como la LIT (cuyo principal partido es el PSTU de Brasil) o los compañeros de la UIT, repitiendo el mismo error que en Libia los llevó a capitular de hecho ante la intervención de la OTAN, se adaptan al campo “rebelde” en la lucha antidictatorial.

Frente a estas dos posiciones, los revolucionarios apoyamos el levantamiento y la lucha por la caída del régimen de Assad a la vez que combatimos toda injerencia e intervención del imperialismo o sus aliados y peleamos por una estrategia obrera independiente de las direcciones opositoras proimperialistas.

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