FT-CI

11 de septiembre de 1973

Chile: Un golpe contra los trabajadores y el pueblo

13/09/2007

A 34 años del sangriento golpe patronal acaudillado por Augusto Pinochet, cuando el gobierno de la Concertación saca más de 1.500 carabineros de Fuerzas Especiales a cercar la Casa de Gobierno contra las movilizaciones, rememoramos algunos hechos y lecciones cruciales en la memoria histórica de la clase obrera.

El 11 de septiembre de 1973 se produjo el sangriento golpe de Estado en Chile, el que Pinochet, la patronal, los militares, el imperialismo yanqui, la iglesia, los medios de comunicación, la justicia y la derecha junto a la Democracia Cristiana (DC) -partido patronal con peso en las clases medias-, organizaron contra los trabajadores y el pueblo pobre, reales protagonistas del ascenso de los años ’70 del que fue expresión el gobierno de la Unidad Popular (UP) y Salvador Allende. Su objetivo fue liquidar la posibilidad histórica de que los trabajadores avanzaran en la experiencia con los Cordones Industriales como organismos de autoorganización y de poder obrero, y en el progresivo cuestionamiento al gobierno de Allende y la UP, que en tres años comenzaba a mostrar que su política de la vía pacífica al socialismo buscaba la conciliación de clases y no la lucha por una república de trabajadores, sin patrones.

Tuvo entonces un carácter profundamente antiobrero y contrarrevolucionario, ya que lo que estaba en juego era la posibilidad de la revolución en Chile, de ahí la ferocidad con la que se persiguió y reprimió a los trabajadores y a los militantes obreros y populares, a la izquierda en general, con la desaparición, la tortura masiva, la persecución, el exilio, así como las enormes transformaciones económicas, políticas, sociales y culturales neoliberales que implantó Pinochet de la mano del imperialismo.

Los Cordones Industriales y la política reformista

El triunfo de Allende y la UP en 1970 evidenciaba el giro a izquierda y el creciente ascenso obrero y popular que ya llevaba varios años. La UP fue un clásico gobierno de frente popular, donde partidos con peso en la clase obrera, como el Partido Comunista o el Partido Socialista, junto a partidos representantes de los intereses de la burguesía mediana y pequeña como el Partido Radical, tenían una estrategia de reformas al capitalismo y políticas desarrollistas que iban hacia la conciliación de intereses entre los trabajadores y sus enemigos de clase, el empresariado. Mediante acuerdos con partidos como la DC, como el Estatuto de Garantías Constitucionales, los gabinetes cívico-militares o las políticas para contener la expropiación de fábricas y la extensión de los cordones industriales intentando subordinarlos a la Central Unitaria de Trabajadores controlada por el Partido Comunista, el planteo de una vía pacífica al socialismo desarmó a la clase obrera ante la contrarrevolución.

Pero los trabajadores y el pueblo poco a poco comenzaron a hacer una experiencia con este gobierno, viendo en los hechos que era un freno a la posibilidad de terminar con el sistema que genera la explotación, el capitalismo, de enfrentar a los dueños de los medios de producción, y de prepararse para defender sus conquistas y resistir a la reacción. Una de las máximas expresiones de la combatividad, y el nivel de experiencia y organización de los trabajadores chilenos fue la creación de los Cordones Industriales a mediados del año ‘72. Se extienden y masifican después de un paro organizado por la patronal y los camioneros en octubre de ese mismo año. Agrupan a diferentes sindicatos de una misma zona o barrio; si bien en un primer momento sus tareas son más de solidaridad, avanzan rápidamente hacia organizar la producción, enfrentar el desabastecimiento que promueve la derecha y el empresariado, llegando a ocuparse incluso de la distribución y del control de algunas fábricas, tendiendo hacia la independencia de clases al cuestionar cada vez más al que hasta ese momento se presentaba como el gobierno de los trabajadores. En cuanto a su método de funcionamiento, la base eran los delegados de fábrica elegidos para el Cordón y las asambleas, empleando el método de la democracia directa y la autoorganización. En su interior participaban los diferentes partidos y se disputaban sus distintas estrategias políticas.

En “El Cordonazo”, órgano de prensa del Cordón Industrial Vicuña Mackenna, se plantea que los cordones son “voceros del sentir de las bases proletarias, organismos nacidos en el calor de la lucha contra la burguesía y el reformismo”, que “defienden sus puntos de vista que de acuerdo al proceso que vive nuestro país para llegar al socialismo” para lo que “es necesario en primer lugar derrotar al capitalismo explotador”. Para ello se plantean tener “pleno dominio de los medios de producción y distribución bajo el control obrero (...) Porque aquí se trata de una lucha entre explotados y explotadores (...) Sin control obrero de los medios de producción ni distribución, no habrá proceso revolucionario ni socialismo” (El Cordonazo, 19/7/1973).

Lucha de estrategias: ¿reforma o revolución?

El 5 de septiembre de 1973, la Coordinadora provincial de cordones industriales envía una carta a Allende. Entre otras cosas, plantea que “los trabajadores sentimos una honda frustración y desaliento cuando su presidente, su Gobierno, sus partidos, sus organizaciones, les dan una y otra vez la orden de replegarse en vez de la voz de avanzar”. Se evidencia acá todavía la confianza en el gobierno, pero también la experiencia con la política de reformas y conciliación de clases de la UP, que los trabajadores agrupados en los cordones comenzaban a identificar con el reformismo. La misma carta plantea con impresionante claridad, que “hay sólo dos alternativas: la dictadura del proletariado o la dictadura militar”, y que “el reformismo... es el camino más rápido hacia el fascismo” (Carta de la Coordinadora de cordones a Allende, 5/9/1973).

Los trabajadores avanzaron a cuestionar la política de la UP, lo que planteaba la posibilidad objetiva de que pudieran superarla. Como bien dice la carta de los cordones, la alternativa era o revolución socialista o fascismo. Y la política del reformismo del PS y el PC no era más que el último eslabón de la cadena para evitar un gobierno obrero, transformándose en un obstáculo para los trabajadores. Por fuera de la UP y con un discurso más de izquierda, el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria) jugó también un rol de contención al desarrollo de los cordones como alternativa de poder debido a su estrategia de disolver a la clase obrera en el pueblo, quitando el contenido obrero a los mismos, para subordinarlos a los comandos comunales, entre otros puntos.

Por eso, la gran conclusión que nos ofrece el proceso de la revolución chilena y su derrota es la necesidad de construir un partido de trabajadores revolucionario, que hubiese peleado por una política de independencia de clase, de desconfianza sistemática de los empresarios, sus partidos e instituciones, que hubiera impulsado la construcción y extensión de los cordones como órganos embrionarios de poder obrero, entre otros puntos.

La herencia de la dictadura y su continuidad en la Concertación y la derecha

Las políticas implantadas por la dictadura siguen en pie en las políticas de la Concertación y la derecha, que más allá de algunos cambios cosméticos mantienen lo esencial. Ayer como hoy, los patrones, el imperialismo y sus instituciones -los partidos políticos patronales, los medios de comunicación, la iglesia o la justicia- defienden sus intereses: ya sea con dictadura o bajo la forma de la democracia para ricos. Unos y otros están unidos para explotar al trabajador, como se demostró en la reciente huelga forestal -cuyos dueños son el grupo económico más importante del país- donde fue asesinado el obrero Rodrigo Cisternas, primer trabajador asesinado por la represión policial de esta “democracia”.

La herencia de la dictadura de Pinochet y sus aliados se vive todos los días: en la impunidad con que la patronal explota a los trabajadores, el saqueo a las riquezas naturales, los sueldos de hambre, la destrucción de derechos como la salud o la educación, del antidemocrático sistema electoral binominal, la impunidad de los militares genocidas y represores (¡Pinochet murió libre!), la atomizada estructura sindical que impuso la dictadura, la persecución y represión a las luchas obreras o la militarización de la ciudad para impedir las marchas, como la que estaba convocada en conmemoración y repudio al golpe de Estado. Y esta herencia es la que hoy Bachelet en el gobierno o el empresario Piñera y sus amigos de la derecha en la oposición, defienden y profundizan. Sin embargo, los trabajadores y el pueblo pobre comienzan a cuestionar cada vez más activamente estas políticas, en un proceso de recomposición de sus fuerzas -con avances y retrocesos- de mayor actividad de la lucha de clases, de huelgas en sectores estratégicos como el cobre o los trabajadores forestales, cuestionando por ejemplo la subcontratación, el trabajo precario, que divide a trabajadores de primera y segunda, o el problema de la negociación colectiva, y donde los trabajadores comienzan a retomar sus métodos tradicionales de lucha, como la huelga o incipientemente la toma de algunos lugares de trabajo.

Para retomar la experiencia de los cordones industriales y avanzar en la resolución de los problemas de los trabajadores, hace falta construir un partido de trabajadores revolucionario, que busque terminar con la herencia de la dictadura y las políticas de la Concertación y la derecha, que luche por una estrategia de independencia de clase, enfrentando las políticas de la conciliación entre los trabajadores y los empresarios, retomando la experiencia de democracia directa y autoorganización de los cordones industriales.

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