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Después de la admisión de Palestina como “observador” en la ONU, represalias sionistas

Por una estrategia revolucionaria para la autodeterminación palestina

06/12/2012

Por 131 votos a favor, 9 en contra y 41 abstenciones la Asamblea General de las Naciones Unidas admitió el 29/11 a Palestina como “Estado observador”. Esta votación fue una derrota diplomática para Israel y Estados Unidos, que refleja el descrédito del Estado sionista y el debilitamiento de la hegemonía norteamericana. Los cambios en la situación del Medio Oriente tras la “Primavera Árabe”, se hacen sentir incluso en la enrarecida atmósfera de las alturas diplomáticas de la ONU. Así, mientras España, Francia, Italia y Rusia votaban a favor, estrechos aliados de Israel como Alemania prefirieron abstenerse y no acompañar a Obama y Netanyahu en su campaña contra la admisión de Palestina, pues buscan mejorar su imagen en el mundo árabe.

Los palestinos han celebrado el estatuto otorgado a la Autoridad Palestina como un éxito y un paso hacia el reconocimiento internacional del derecho a tener su propio Estado. Sin embargo, ese reconocimiento “platónico” es sobre la base de las fronteras de 1967 (consagrando al estado de Israel y sus conquistas militares hasta ese año); no implica su reconocimiento como miembro pleno de la ONU, sólo habilita el acceso a algunas instituciones internacionales (Israel quiere evitar que pueda presentar demandas ante la Corte Internacional de Justicia) y tampoco significa pasos concretos hacia la constitución como Estado.

El gobierno de Netanyahu, que viene de sufrir el traspié político de tener que negociar una tregua con HAMAS tras los bombardeos de Gaza, contestó ratificando que no va a ceder en su política de opresión sobre los palestinos. En represalia, habilitó la construcción de 3.000 viviendas para colonos judíos en Jerusalén Este (de población palestina) que van a cercenar la continuidad territorial con Cisjordania, y la retención de impuestos a la Autoridad Palestina.

Ni “dos Estados” ni “un Estado”...

El Estado de Israel es un estado artificial, creación del imperialismo en 1948 como punta de lanza contra los pueblos árabes. Desde su fundación se ha basado en la “limpieza étnica” para fabricar una “mayoría judía”, expulsando a millones de palestinos de sus tierras, condenados en su gran mayoría a vivir como parias en campos de refugiados en Gaza, Siria, Jordania, Líbano, etc.

Con sucesivas guerras, como la “Guerra de los seis días” en 1967, el Estado sionista amplió sus fronteras arrinconando aún más a los palestinos en la franja de Gaza y Cisjordania, sometidas a un estrecho control fronterizo, aéreo y marítimo y donde Israel se arroga el "derecho" de hacer incursiones militares cuando lo crea conveniente como con el operativo “Plomo Fundido” (2009) y el reciente “Pilar de Defensa” contra Gaza.

La estrategia de Tel Aviv es absorber cuanto sea posible de esos territorios, instalando colonias y ocupando sus mejores tierras agrícolas y recursos hídricos, para dejar a los palestinos hacinados en pequeños “bantustanes” (áreas donde el régimen racista sudafricano quería encuadrar a los pueblos negros -algo parecido a “reservaciones indígenas”). El planteo reaccionario de los “Acuerdos de Oslo” de negociar una caricatura de Estado palestino (sin continuidad territorial entre la pequeña franja de Gaza y Cisjordania) subordinado al Estado de Israel y bajo su amenaza militar, se ha hundido porque Israel avanzó mucho más en la colonización de los territorios en estos años.

Por eso el rechazo en Tel Aviv a los viejos acuerdos y a las insinuaciones de Obama de tomar las fronteras de 1967 como base para negociar entre el Estado de Israel y la Autoridad Palestina. Si era una utopía reaccionaria imaginar que ese plan imperialista de “dos estados” permitiría a los palestinos alcanzar su autodeterminación nacional, hoy es prácticamente inviable, salvo, como se ha dicho, como un pequeño archipiélago de “bantustanes” palestinos sometidos al “apartheid” sionista. Para el gobierno israelí, la constatación de que la heroica resistencia palestina no podría ser disuelta con la concesión de ese “pseudo-estado” llevó a radicalizar la opresión y avanzar aún más en el proceso de colonización. Pero este curso, luego de la Primavera Árabe y la caída revolucionaria de agentes dilectos del imperialismo y aliados a Israel como Mubarak en Egipto, va a contramano de la relación de fuerzas regional, donde las movilizaciones en el mundo árabe dan nuevo aliento a la resistencia palestina.

Los planteos de resolver el problema histórico palestino en “un Estado”, “democratizando” al Estado de Israel, también son inviables y utópicos. El Estado sionista es un enclave colonial que está fundado sobre la unidad entre Estado y religión. Este aspecto teocrático está sintetizado en la institución del Rabinato para regir la pautas culturales y sociales de la vida civil, el financiamiento de 1,5 millón de judíos ortodoxos, un oneroso presupuesto (junto al militar y las colonias) contra el que protestaba el movimiento de indignados que pedía "justicia social" en 2011.

Es impensable reformar un régimen colonial sostenido sobre la Fuerza de "Defensa" de Israel, armada por el imperialismo y que cuenta con capacidad nuclear). Este ejército de ocupación de ciudadanos-soldados formado sobre la base de las viejas milicias sionistas que hacían atentados contra los campesinos palestinos antes de la fundación del Estado, es la garantía del salto en la cantidad de colonias u ocupaciones de tierra en Jerusalén oriental y Cisjordania. Es imposible transformar al Estado sionista y esa monstruosa maquinaria militar en una “democracia” que incluya al pueblo palestino en pie de igualdad, permita el retorno de los millones de expulsados y les devuelva sus tierras.

¿Qué estrategia para la liberación nacional palestina?

La justa causa nacional palestina y el pleno respeto a su derecho a la autodeterminación no pueden alcanzarse ni por la vía de colaboración directa con el Imperialismo que proponen Mahmoud Abbas y su organización Al Fatah que gobiernan Cisjordania, ni por la vía de la resistencia islamista de HAMAS que gobierna la Franja de Gaza y otros grupos.

La vía de la colaboración con el imperialismo y con las autoridades sionistas, reconociendo al Estado de Israel y las fronteras de 1967, que es la estrategia capituladora del gobierno de Al fatah, ha facilitado a los gobernantes israelíes el imponer la actual situación. El reconocimiento simbólico en la ONU con el que Mahmoud Abbas espera reverdecer su popularidad al mismo tiempo que busca calmar y seguir negociando con Israel, no va a obligar a Tel Aviv a retroceder en sus conquistas.

Tampoco ofrece una salida la política de HAMAS, que si bien se opone a la ocupación sionista, confía en la alianza con gobiernos burgueses musulmanes, como hasta hace poco Irán y ahora el Egipto de Morsi (que está reprimiendo las protestas contra su intento de concentrar poderes para consolidar el desvío del proceso revolucionario) y el régimen de Qattar (uno de los emiratos petroleros asociados a Arabia Saudita, que constituyen la vanguardia contrarrevolucionaria contra la Primavera Árabe), para los cuales el movimiento palestino es moneda de cambio en sus forcejeos con el imperialismo. El programa de HAMAS pretende erigir un Estado islamista (un proyecto político reaccionario), no llama a la unidad con la clase obrera y las masas árabes, no confía en la movilización de las masas.

El carácter y programa de esas direcciones impone sus límites y divisiones tanto en el terreno político como militar a la resistencia palestina. Esta tiene una larga tradición de autodefensa armada frente a la opresión israelí, derecho que defendemos incondicionalmente.

A pesar de la enorme disparidad de fuerzas, sus distintas organizaciones se enfrentan en ocasiones al Ejército israelí, como hemos visto en la reciente crisis de Gaza. Sin embargo, cada corriente mantiene su propia estructura militar como instrumento de su propia política y a veces según criterios confesionales, impidiendo el armamento de masas y el desarrollo de milicias obreras y campesinas autoorganizadas y centralizadas. Así, Al Fatah convirtió a sus propias milicias en fuerza represiva en Cisjordania, con la ayuda de los servicios de inteligencia egipcios y para colaborar con la “seguridad” de Israel. HAMAS mantiene su propio aparato militar en Gaza, utilizándolo también para reprimir a sectores que escapan a su control. Otros grupos de la resistencia como la Yijad islámica recurren a veces a acciones de terror inconsultas y contraproducentes (concediendo pretextos para que Israel intente disfrazar su brutal opresión como “defensa contra el terrorismo islámico”).

Por el contrario, el método de la movilización revolucionaria, obrera y popular, basado en la autoorganización, e independiente de los proyectos de conciliación burgueses, es el camino para encarar las tareas políticas y militares de la lucha palestina.

Distintos jalones de la heroica resistencia palestina, como las largas luchas de las “intifadas” mostraron esa vía, pero dadas las características del Estado colonialista y la extrema condensación de intereses y contradicciones de todo tipo en Medio Oriente, no es un camino que las masas palestinas puedan recorrer solas. Necesitan imperiosamente la más estrecha alianza con la clase obrera árabe en su conjunto, que tiene en Egipto a su más poderosa expresión: un proletariado industrial y de servicios de millones. En los países árabes hay una amplia simpatía por la causa palestina y gran repudio al Estado sionista. Su propia lucha por la liberación nacional y la resolución de sus demandas es inseparable de la lucha contra enclave imperialista del Estado de Israel. La lucha nacional palestina está en el corazón mismo de la revolución árabe.

¡Abajo el Estado sionista!

Los socialistas revolucionarios partimos del apoyo irrestricto e incondicional a la resistencia palestina y al pleno derecho de autodeterminación del pueblo palestino, esto es, el derecho del pueblo palestino a tener su propio Estado en el territorio histórico del que fuera despojado en 1948. Esto exige el desmantelamiento hasta los cimientos, es decir la destrucción, del Estado sionista de Israel, racista y colonialista y su maquinaria militar. Los trabajadores y jóvenes judíos que rechacen el plan colonialista y belicista de los Netanjahu y cía., deben romper con el bloque sionista y tender su mano a la justa lucha del pueblo palestino, pues como decía Marx, apelando al apoyo de los obreros ingleses a la rebelión de la entonces colonia de Irlanda: ningún pueblo que oprime a otro puede ser libre.

La legítima aspiración nacional palestina sólo puede ser garantizada efectiva e íntegramente mediante la instauración por vía revolucionaria de una Palestina obrera y socialista sobre el conjunto de su territorio histórico, en el que podrán convivir en paz y con plenos derechos árabes y judíos. Esto es, como producto de una revolución acaudillada por la clase obrera que conquiste el poder en el marco de la lucha por una Federación Socialista de Medio Oriente. Esa tarea no es exclusiva de la clase obrera y las masas palestinas, que deben combatir contra un poderoso opresor en muy difíciles condiciones, entre ellas, la dispersión impuesta a sus fuerzas (una parte de los palestinos deben trabajar bajo patrones israelíes). Esa tarea es parte inseparable de la lucha del proletariado y las masas árabes, y a la que también deberá incorporarse aquella fracción de la clase obrera y la juventud en Israel que rompa con el sionismo y se sume a la lucha por echar al imperialismo de la región. La vuelta a escena en Egipto de la movilización de la poderosa clase obrera y de sectores populares, en medio del nuevo enfrentamiento palestino-israelí, abre una nueva perspectiva para la causa palestina.

5-11-2012

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