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Instituto del Pensamiento Socialista | Debates

La intelectualidad de izquierda europea en la caldera del imperialismo

07/04/2011

“Si el desgaste continúa y no se puede salvar a los civiles solamente desde el aire, ¿nos vamos simplemente a apartar cuando un despliegue de tropas sobre el terreno podría ser decisivo?… En el mejor de los casos de que se requirieran fuerzas de estabilización sobre el terreno en una Libia posterior al conflicto, ¿qué soldados conformarían esas fuerzas?”

George Robertson en la Cámara de los Lores, 1 de abril de 2011 (Diputado laborista y ex secretario general de la OTAN)

Una nueva etapa en los procesos revolucionarios del “mundo árabe” se ha abierto. Un primer momento se cristalizó en los triunfos de las movilizaciones en Túnez y Egipto. Allí, aún con la resistencia inicial de las potencias imperialistas, el Ejército y las élites gobernantes se vieron obligados a retroceder y conceder a las masas la salida del poder de Alí y Mubarack. Se establecieron gobiernos de transición encabezados por sectores del acien régime. Vulgarmente la prensa mundial denominó a estos procesos “revoluciones pacíficas”, aunque las masas recibieron una cuota importante de violencia.

Gadafi se negó a seguir el camino de Alí y Mubarack, y con ello abrió una segunda etapa. De las “revoluciones pacíficas” se pasó a la guerra civil entre el régimen y el bando rebelde, y de ésta a la guerra imperialista. La emergencia de las masas en la región está generando una respuesta contrarrevolucionaria a su altura de las burguesías semicoloniales gobernantes y el imperialismo.

El cataclismo repercute en Europa inquietando y dividiendo a la intelectualidad socialista, anticapitalista y de izquierda. En los inicios del proceso Toni Negri soñaba con el poder constituyente y Badiou con el “comunismo”. Ahora, se habla de la guerra imperialista. Francia e Inglaterra la quieren hacer un “asunto” europeo, Estados Unidos un asunto “humanitario”, los bandidos cooperan y se pelean. Ya planean ocupar territorialmente Libia para “negociar” o “combatir” a Gadafi y ser parte de un gobierno de transición.

Los intelectuales de izquierda estaban consternados, pocas voces se alzaron contra el pisoteo de Libia. El filósofo de derecha Henrry-Levy estuvo hiperactivo junto a Sarkozy, llamó a occidente a “ayudar” a terminar con el “Nerón Libio”, a los días el “anti-imperialista” Gilbert Achcar habló de Brest-Litovsk y citó a Lenin para justificar la necesidad de “un compromiso” entre el gobierno “rebelde” libio y las potencias globales.

El “acontecimiento” Tahir y los bandidos

En un inicio el filósofo mao-autonomista Alain Badiou predicó el “acontecimiento”. Sentenciaba sobre el febrero egipcio: “El acontecimiento es la brusca creación, no de una nueva realidad, sino de un sinnúmero de posibilidades. Ninguna de ellas es la repetición de lo ya conocido (…) Salido prácticamente de la nada, el levantamiento popular resuena por todos lados y crea para todo el mundo posibilidades desconocidas”.

Primero, un “sinnúmero de posibilidades”; después, “no venía de ningún lugar”. El “acontecimiento” mostraba su radical ahistoricidad. Se podría haber producido en cualquier lugar o en ninguna parte, da lo mismo. Pero se produjo en Egipto, y allí el movimiento se mantuvo dentro de ciertas posibilidades. Esas posibilidades estaban ligadas a los sujetos del enfrentamiento y a los intereses puestos en juego, pero el “acontecimiento” se traga a los sujetos e invisibiliza a la clase obrera egipcia que se destacó en el levantamiento. La clase trabajadora de Egipto venia de un lugar, desde 2006 había enfrentado en huelgas, tomas de fábrica y movilizaciones al régimen. Carecía de organizaciones comunes y de partidos revolucionarios, pero su intervención fue suficiente para mostrar su peligrosidad.

Aún más insólita fue la idea del filósofo francés de que el “évènement” Tahir era la forma acompasada de existencia del “comunismo”: “’Comunismo´ quiere decir aquí: creación en común del destino colectivo”. Estas palabras fueron escritas el 18 de febrero, el 25 caía Mubarack. Las jornadas revolucionarias lograron derrocar al dictador pero no pudieron terminar de liquidar al régimen político ni al Ejército que le da sustento. Una nueva etapa se abrió en Egipto en el cual los trabajadores y una fracción de la juventud luchan contra el “mubarackismo sin Mubarack”. Pero esta irrupción de las masas, aun con límites e ilusiones, desestabilizó el tablero regional. Así se abrió la posibilidad de la guerra civil en Libia y de la conjura de los imperialistas para contener y crear, mediante la guerra, un nuevo orden regional.

De pronto para Badiou, saliendo de la “nada”, la chispa del “comunismo en movimiento” fue desbaratada por los bandidos: “Gente armada ha tomado la dirección del acontecimiento. Ya no son más vastas unidades que dicen la verdad, sino pequeños grupos que se montan en 4x4”. Rechazando la intervención de los “bandidos civilizados” contra los “pequeños bandidos locales” de Libia, pone en un mismo saco a las potencias imperialistas, a Gadafi y a la oposición “rebelde” que buscó la intervención. El teórico de la sorpresa quedó sorprendido por la guerra.

Guerras justas e injustas

En Libia Gadafi resistió con métodos contrarrevolucionarios las manifestaciones de sectores populares opositores. El bando rebelde, controlado por advenedizos del régimen de Gadafi, no hizo nada para ganar la guerra civil. No poseía arsenal ni recursos militares estratégicos y sobre todo no tomó ninguna medida progresiva que le permitiera ganar a las masas libias o a sectores que se encontraban bajo control del dictador. Tomó las ciudades petroleras claves pero dejó el poder de las multinacionales intacto, igual que Gadafi. El ejército Libio no se dividió y los milicianos voluntarios de la oposición no pudieron resistir su fuerza militar. En esta situación se comenzó a orquestar la intervención imperialista bajo el hipócrita argumento de “defender la vida de los civiles” de los ataques del “Nerón” Libio.

Así comenzó la trágica comedia de enredos entre las potencias imperialistas. Pocas voces se elevaron contra la operación militar. Szvetan Todorov fue uno de los que primero, en medio de una oleada de chovinismo “humanitario”, denunció la intervención imperialista en Libia. Dijo “No existen guerras justas” y rechazó el argumento legalista de que la intervención, a diferencia de la guerra en Irak, era amparada por la resolución 1973 de la ONU. No era un “nuevo principio” para proteger la población civil e indicaba: “no está claro en qué se diferencia del derecho de injerencia que Occidente se ha atribuido desde hace años”.

Decia: “No hay guerra limpia o guerra justa, sólo la guerra inevitable, como la Segunda Guerra Mundial, llevada a cabo por los aliados, pero este no es el caso hoy en día (…) Las matanzas perpetradas en nombre de la democracia no son más dulces que los causadas en nombre de la fidelidad a Dios o Alá, a un líder o a un partido: el uno y el otro conducen a los mismos desastres de la guerra”. Desnudando el argumento humanitario mostraba algunos de los errores del pacifista.

Rechazar la intervención imperialista en Libia en nombre de la paz es un mérito para un europeo, pero para las naciones oprimidas por el imperialismo su argumento desarma cualquier tipo justeza en la guerra como medio de defensa. Hay guerras justas e injustas, como decía Lenin, y esto depende no de la “ideología” que recubre el enfrentamiento sino del carácter de los estados en conflicto. Trotsky decía respecto al conflicto etíope- italiano en 1935: “Sin embargo, queremos subrayar que no se trata de una lucha contra el fascismo sino contra el imperialismo. Existiendo una guerra de por medio, para no-sotros, no se trata de determinar quién es “mejor”, si el Negus o Mussolini, por el contrario, es un problema de las relaciones entre las clases y de la lucha por la independencia de una nación subdesarrollada fren-te al imperialismo”. Es en nombre de este principio que nosotros consideramos injusta la intervención imperialista en Libia y llamamos a luchar contra ella por todos los medios, a la vez que reconocemos el derecho de la nación oprimida de enfrentar, mediante la guerra, este avasallamiento.

El mercader del “anti-imperialismo”

La posición Gilbert Achcar generó un verdadero revuelo. El socialista franco-libanes salió a rechazar abiertamente toda interpretación “infantil” de lo que debería ser una “postura de izquierda” frente a la intervención imperialista. Se apoyaba en una cita de Lenin para justificar su unidad con los rebeldes libios que pedían la intervención de occidente. Según Lenin: “Uno debe aprender a distinguir entre un hombre que ha entregado su dinero y sus armas a los bandidos con el fin de disminuir el mal que puedan hacer y para facilitar su captura y su ejecución, y un hombre que da su dinero y sus armas a los bandidos para repartirse el botín con ellos”. Para Achcar se imponía un “compromiso” necesario con los bandidos imperialistas para “disminuir el mal”. Sugería, insólitamente además, que mediante este compromiso, impuesto por las circunstancias, los “rebeldes” libios tenían el “fin” de la facilitar “la captura” y “ejecución” de los imperialistas, y no “el reparto del botín”.

Primero redujo el apoyo a la “Odisea al amanecer” a una cuestión de matemática mortuoria: “Lo decisivo es la comparación entre el coste humano de esta intervención y el coste que habría supuesto si no se hubiera llevado a cabo”. Con calculadora en mano concluyó que el “costo” era menor si intervenían los imperialistas. A partir de aquí todos sus argumentos se presentaron según el modo condicional: “si la ONU no hubiese” intervenido, “si Gadafi hubiese” entrado en Bengasi y “hubiese” cometido un genocidio, etc.

Esgrimió un argumento aún más mentiroso: la intervención imperialista respondió a la presión ejercida por “la opinión pública”. No solo la opinión pública árabe y de los opositores libios sino también de los ciudadanos europeos, porque “si se hubiese” producido la matanza de Gadafi: “los gobiernos occidentales no sólo habrían provocado la ira de sus ciudadanos, sino que habrían puesto en peligro por completo su capacidad de invocar pretextos humanitarios para nuevas guerras imperialistas como la de los Balcanes o la de Iraq”.

Las potencias imperialistas, forzadas por la “opinión pública” ciudadana, desencadenaron una intervención militar “justa” y en defensa de verdaderos intereses “humanitarios” para de este modo poder continuar utilizando esas mismas causas como pretextos para “otras” guerras injustas. Así surge el nudo que ata al “anti-imperialista” Achcar con los imperialistas Sarkozy, Cameron y Obama; y a los bolcheviques con el Consejo de Transición de Bengasi. Un argumento que su amigo Alex Callinicos calificó de “nauseabundo”. En una charla que dio recientemente en Barcelona reafirmó sus posiciones, a pesar de toda la evidencia que indican que la CNT rebelde concede “para repartirse el botín con ellos”.

Ni cocinarse ni resignarse

Para Alex Callinicos la clave de la guerra imperialista en Libia son los distintos intereses geopolíticos. La “zona de exclusión aérea” es el primer paso a una guerra de ocupación sobre el norte de África. Desde el ángulo de una posición anticapitalista Callinicos concluye: “La triste realidad es que las masacres son una característica crónica del capitalismo” pero sentencia, con un poco de resignación, “La izquierda revolucionaria tiene, por desgracia, poca fuerza para detenerlos”.

El papel que viene jugando la clase obrera europea contra los gobiernos de las potencias que intervienen en Libia, desde Wisconsin, pasando por Londres hasta París, está preanunciando la posibilidad de una radicalización de la lucha de clases. Oleadas de movilizaciones y huelgas obreras -estudiantiles en Grecia, España, Portugal con un pico en el otoño francés, pero también fortalecimiento de la derecha y claras tendencias del imperialismo europeo a recuperar su “patio trasero” colonial. En esta situación nada impide suponer que las causas internas, la lucha contra la crisis y los planes de ajustes, puedan confluir en movilizaciones callejeras contra la guerra. Las movilizaciones de 2003 contra la guerra en Irak son un antecedente, y de repetirse hoy se darían en una situación mucho más explosiva. La cuestión es entonces ni conciliar con el imperialismo ni resignarse sino luchar contra los gobiernos imperialistas que impulsan la guerra contra una nación oprimida y atacan a sus propios trabajadores y estudiantes, para imponerles a ambos el sostenimiento de un sistema capitalista en crisis.

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